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Origen de la Inquisición: los judíos conversos

Emilio Monjo Bellido

 

‘Leyenda Negra’ española (3)

Origen de la Inquisición: los judíos conversos

Los conversos procedentes del judaísmo tienen un momento crucial de su historia en los sucesos de 1391 (cien años antes de la expulsión).

03 DE DICIEMBRE DE 2012

Reconociendo que la Inquisición española es un producto del que se hace publicidad, en una u otra dirección, avanzando la mitad del siglo XVI; y que en ese producto una idea de España se encuentra formulada y afirmada, para los interesados: sublime; para otros, de fuera y de dentro: modelo de oscuridad y falta de libertades; y reconociendo, como señalan historiadores judíos, que en esa publicidad se ha olvidado su origen, que parece que no interesaba en Europa, nos conviene colocarnos precisamente en esos momentos originales.
Quiero destacar lo que es evidente, pero que no se suele mirar en su natural, sino travestido por ropajes interesados. Me refiero al llamado “problema” converso . Con el aviso de que en este caso, como en tantos otros del momento, y los generadores de la propia Inquisición, se ha “globalizado” y metido en un mismo capítulo, lo que en muchos aspectos es algo variado y diverso en tal medida que aparece como opuesto. Los conversos no son una sola cosa. Sin embargo, incluso historiadores de prestigio, los han colocado como personaje singular en un solo lienzo , de manera que, admitiendo que algunos pudieran ser fiables, al final todos tenían una misma índole inmoral judaica, y por ello, aunque fuere injusto el proceder de sus aniquiladores, “ellos” se lo habrían buscado. Nunca dejaban de ser judíos, por tanto, enemigos naturales.
Los conversos procedentes del judaísmo tienen un momento crucial de su historia en los sucesos de 1391 (cien años antes de la expulsión). Por “razones” que no vamos a mirar, se produjeron ataques bestiales contra las comunidades judías asentadas en los reinos hispanos.
Se inicia la matanza en Sevilla y se propaga a otras ciudades. Se machacó, en algún lugar, como Toledo, demasiado literalmente, a las comunidades judías. Las “historias” que algunos frailes levantaron contra ellas produjeron una terrible sed de sangre y destrucción. Solo tenían dos puertas de escape: la conversión inmediata, o la inmediata salida de este mundo (sobre todo si era varón adulto; a las mujeres y los niños les quedaba otra: ser vendidos como esclavos a los moros).
Murieron miles, se convirtieron decenas de miles. De un día para otro pasaron de ser enemigos, un extraño al que hay que liquidar, a ser parte de la “santa” iglesia (estos episodios obligan a las comillas). Pero, ¿se habían convertido de verdad?
Hasta es razonable que se les mirase con sospecha. ¿Cómo estar seguros de su lealtad? Había, pues, que inquirir a ver si realmente no conservaban sus ritos bajo la nueva forma eclesiástica a la que estaban sometidos. Ese será el argumento para la posterior Inquisición.
Pero hay más, y es fundamental. En este contexto de crueldad absoluta, muchos (existen ya bastantes estudios sobre los pogromos, aunque este aspecto no se explica, pero hay indicadores y deducciones) de esos judíos se convirtieron de verdad. Se convirtieron a la Verdad (como luego algunos dirán), es decir, se convirtieron al Cristo, al Mesías. De ningún modo se convirtieron a la “iglesia” (que, además, para ellos significaría ser como los que los estaban machacando), sino a Cristo  y su Iglesia  (perfecta, sin arruga o mancha, como tantas veces luego nos confirman).
Su precipitado y sangriento bautismo luego se transforma en un bautismo real, se revisten del Cristo. No han recibido el bautismo de las manos sangrientas de los que los están machacando, sino de las manos del que derramó su sangre por ellos.
Las cifras siempre serán relativas para este periodo, pero se acepta que seguramente un 5% de la población de la Península era conversa; eso puede significar, por bajo, unos doscientos mil .
Por los escritos y presencia social de esa minoría, notamos que muchos eran verdaderos creyentes cristianos. Y tenían una peculiaridad: su cercanía y sustento en las Escrituras (Antiguo y Nuevo Testamento), las cuales conocían extensamente
La ignorancia y superstición religiosa de la masa del cristianismo hispano contrasta con la extensa religión bíblica de los conversos. Esto lleva a una percepción: los rechazos de la sociedad contra los cristianos nuevos, guiada por la ignorancia de la Biblia y la mano de los frailes, se debe a que éstos tenían una forma de vida cristiana católica que era una ofensa a la “antigua”, pues anteponían la enseñanza de la Escritura, y la primacía del sacrificio de Cristo, y la primacía de la fe sustentada en la caridad, es decir, eran cristianos católicos “protestantes”  (si me permiten el trasvase del lenguaje).
Seguro que también hubo otras razones políticas y económicas, pero su cercanía y sustento en la suprema autoridad del texto bíblico no lo podemos ocultar en estos episodios . [Nuestro próximo congreso sobre Reforma Española tendrá que ver con esta situación, por eso se centrará en Religiosidad Conversa.]
En los escritos defendiendo su verdadera condición de cristianos católicos, los conversos hacen una profesión de fe siempre en base a la enseñanza directa de la Escritura, luego usan los escritos de los doctores antiguos (conocen también ampliamente a los llamados padres), solo indirectamente, de forma muy secundaria se refieren a la sede papal. Es decir, de ningún modo ellos tienen el papado como referente. No se convirtieron al papado, sino a la Iglesia Católica, que para ellos no es lo mismo . (Otra vez, con permiso, eso es “protestantismo”.)
¿Qué papado existe en el tiempo de esta gran persecución? Hay un momento (con Inocencio III) en que se pasa de ser “vicario” de Pedro a “vicario” de Cristo. Pero eso lo era un “príncipe” terreno, un príncipe italiano. Los intereses de su principado (la “monarquía” vendrá luego, con Bonifacio VIII), que son prioritarios, los interpone a su pretensión universal. La corrupción se multiplica: tiene que conservar y extender “sus” territorios.
Además, el monarca universal, pero italiano, se marcha con su corte a Avignon, tutelado por Francia (aunque el sitio sea del papado). Dicen que eso es “cautividad”; no lo ven así los cardenales. La parte rigurosa de franciscanos levanta la voz: el papa es un hereje. Se multiplican los testimonios: estamos ante la presencia de la bestia que destruye el cristianismo. ¿Cómo, si son sucesores de Pedro, tienen lo que Pedro nunca dispuso? Él no tenía ni oro ni plata, ¿cómo pudo dejar tal herencia? El oro y la plata, la bolsa, la tenía otro; quien la busque es su heredero. De Avignon a Roma (los romanos quieren elegir a su papa): el caos. En esas aparecen las persecuciones. El papado está en el cisma. Varios papas, varios colegios cardenalicios, diversidad de apoyos de príncipes y reyes. ¿A qué “iglesia” se tenían que convertir los judíos?
Y ahora ya nos aclaramos un poco más sobre la aparición de la Inquisición Española. Luego vendrá su leyenda o lo que sea, pero que ese camuflaje no oculte sus genes: eliminación de una Iglesia Católica bíblica.
Seguimos, d. v., la próxima semana.

Autores: Emilio Monjo Bellido

©Protestante Digital 2012

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El ecumenismo católico define la Reforma protestante como ‘pecado’ y ‘fracaso’

Cardenal Koch

 

El ecumenismo católico define la Reforma protestante como 'pecado’ y ‘fracaso’

El Presidente del Consejo para la Unidad de los Cristianos participó en el Sínodo de la Iglesia Luterana de Alemania, en los preparativos de celebración de los 500 años de la Reforma protestante en 2017.

05 DE NOVIEMBRE DE 2012, ALEMANIA

El Cardenal Koch, Presidente del Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos, sigue hablando de lo que entiende como “ecumenismo” sin ambigüedades, sin medias tintas, lo que seguro que agradecen muchos protestantes.
En junio de este año ya fue muy claro refiriéndose a la reforma protestante, diciendo que “no podemos celebrar un pecado , los acontecimientos que dividen a la Iglesia no pueden ser llamados un día de fiesta”. Lo más positivo que opinó el cardenal fue etiquetar este evento histórico como un día que hay que recordar, pero no celebrar.
En aquella ocasión concluyó que le gustaría asistir -en lugar de a una celebración de la memoria de la Reforma protestante- a una reunión en la que las confesiones reformadas pidieran disculpas y reconociesen sus errores .
Las reacciones no fueron especialmente entusiastas entre quienes se habían creído el ecumenismo católico como un diálogo y acercamiento, y sí con cierta sorna por los muchos que siempre han visto el ecumenismo católico como “la unidad del lobo que quiere devorar al cordero para poder llegar a ser uno”, en palabras de José Cardona, primer secretario ejecutivo de la Federación evangélica española (Ferede).
NUEVAS DECLARACIONES "ECUMÉNICAS"
El pasado 2 de noviembre el cardenal Koch participó en el Sínodo General de la Iglesia Luterana Unida de Alemania (VELKD) , que está al cargo de los preparativos de la celebración de los 500 años de la Reforma protestante en 2017.
Dos días después del simbólico 31 de diciembre, que recuerda el inicio de la Reforma en todo el mundo, delante de aquellos con quienes busca la unidad declaró que “ la separación de las iglesias protestantes de la Iglesia no es una expresión de éxito, sino el fracaso de la Reforma . Los reformadores no querían nuevas iglesias, más bien la reforma de la Iglesia Católica”.
Terminaron las sesiones con propuestas para que la Iglesia asentada en el Estado Vaticano y la Federación Luterana Mundial promuevan el ecumenismo con las iglesias pentecostales, algo que no parece fácil en la línea que está marcando tan claramente el cardenal Koch.
Además de ver la Reforma como un fracaso, concluyó Koch planteando esta otra cuestión a sus oyentes, y de paso a todo evangélico o protestante que quiera ecumenismo con Roma: hay que elegir entre «considerar la Reforma como una ruptura con la tradición universal (católica) o en continuidad con la tradición».
Por si no había quedado claro, o a mayor satisfacción del Cardenal Koch, afirmó que el ministerio de los obispos proviene de la sucesión apostólica, un elemento clave de eclesiología de la ICR y del que se derivan otros muchos aspectos que separan la doctrina católica de la protestante, y del que con optimismo espera «una declaración conjunta en los próximos 30 años».
RESPUESTA PROTESTANTE
En la réplica el obispo luterano Heinrich Bedford-Strohm (Munich) tampoco se quedó en medias tintas y le preguntó si no pensaba que la Iglesia del Vaticano no debería pensar en reformarse en su camino hacia la unidad.
En este aspecto, remarcó que «es necesario reflexionar juntos sobre la base de la iglesia apostólica primitiva» y no sobre los fundamentos del catolicismo romano.

Fuentes: Infocatólica

Editado por: Protestante Digital 2012

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La excomunión de Lutero

César Vidal Manzanares

La Reforma indispensable (34)

La excomunión de Lutero

La bula papal de excomunión Exsurge Domine.

 

Durante 1519, Miltitz siguió intentando volver al punto de inicio anterior a la disputa de Leipzig, pero sus esfuerzos resultaron infructuosos. Para remate, Eck –que había sido extraordinariamente vapuleado por los humanistas- seguía empeñado en labrarse una carrera utilizando como peldaño la condena de Lutero. A finales de 1519, presentó un escrito en Roma con la finalidad de provocarla. Luego, a inicios de 1520, y ante la abstención de las universidades de París y Erfurt a la hora de señalar al vencedor en la disputa de Leipzig, las universidades de Lovaina y Colonia prepararon un texto – en el que nadie había pensado inicialmente – relacionado con las opiniones de Lutero. Tanto Lovaina como Colonia señalaron que Lutero había incurrido en herejía y enviaron su informe a la Curia. De manera comprensible, el papa nombró una comisión formal para abordar el asunto.
El 1 de febrero, la comisión se hallaba entregada al trabajo de recoger pruebas sobre las herejías de Lutero, pero no tardó en disolverse . De manera bien reveladora, tanto el cardenal Cayetano, cuya especialidad era la teología, como el cardenal Acolti, que era un experto en derecho canónico, llegaron a la conclusión de que no resultaba especialmente fácil redactar un informe sensato al respecto.
El 11 de febrero, una segunda comisión  se ocupaba de analizar los escritos de Lutero y, con bastante buen criterio, decidió discriminar entre aquellas expresiones que podían ser tachadas de herejía y aquellas otras que únicamente eran “escandalosas y ofensivas para los oídos piadosos”. Pero entonces llegó Eck y el resultado fue la formación de una tercera comisión. De ésta acabaría finalmente surgiendo la Bula papal Exsurge Domine  firmada por el papa León X en el curso de una cacería el 15 de junio.
El texto de la bula comenzaba comparando a Lutero –sin mencionarlo expresamente– con un jabalí para luego acusarlo de aceptar por buenos los rumores que circulaban sobre los abusos de la curia y terminar por defender que los papas nunca se habían equivocado:
“¡Despierta, Señor! Haz triunfar tu causa contra las bestias feroces que tratan de destruir tu viña, contra el jabalí que la arrasa… ¡Alerta Pedro, Pablo, todos los santos, la Iglesia Universal!… En esta Curia Romana que tanto ha desacreditado, dando fe a los rumores esparcidos por la ignorancia y la maldad, no hubiera encontrado nada que censurar. Le hubiéramos demostrado que nuestros predecesores, de quienes ataca con tan singular violencia los cánones y las constituciones, no se han equivocado jamás”.
La verdad era que, por desgracia, mucho de lo que se contaba sobre los abusos y los excesos de la curia era cierto y que desde hacía décadas, también lamentablemente, sí que había mucho que censurar. No era menos cierto que los antecesores de León X se habían enfrentado entre si en episodios como el Cisma de Occidente y que también habían incurrido en equivocaciones. De hecho, el dogma de la infalibilidad papal que no sería definido hasta 1871 sería mucho más prudente a la hora de señalar la inerrancia de los pontífices.
La bula indicaba a continuación que no era lícito apelar al concilio –una solución que había permitido, por ejemplo, acabar con el cisma de Occidente– y conjuraba tanto a Lutero como a sus partidarios a “no perturbar la paz de la Iglesia, la unidad y la verdad de la fe, y a renunciar al error”.
La bula condenaba cuarenta y un artículos atribuidos a Lutero. Comprensible en su época, difícilmente, puede negarse que su lectura causa al lector moderno un cierto estupor. Así, aparecen afirmaciones que, hoy en día, serían contempladas de manera diferente. Por ejemplo, la expresión de Lutero “Quemar a los herejes es contrario a la voluntad del Espíritu” es condenada como herética, pero es más que dudoso que hoy se pudiera encontrar a algún católico que pudiera considerar que la voluntad del Espíritu puede ser quemar a los herejes. Igualmente, el texto declaraba herética la afirmación de que “No se puede probar la existencia del purgatorio por los libros auténticos de las Escrituras”. Sin embargo, ningún exegeta de talla afirmaría hoy que la doctrina del purgatorio se encuentra en la Biblia sino que más bien remitiría a una tradición relativamente tardía, que no ha sido igual en Oriente y en Occidente, y cuyo desarrollo no sólo teológico sino jurídico ha resultado desigual. Semejante circunstancia tiene una enorme lógica en la medida en que la creencia en el Purgatorio se desarrolló con más claridad en Occidente y tuvo un desarrollo especialmente extraordinario a partir del s. XII cuando el cisma se había consumado.
Algo similar sucede con la afirmación de que “La doctrina que señala que la penitencia comprende tres partes, contrición, confesión y satisfacción, no se funda ni en las Escrituras ni en los santos doctores de la antigüedad cristiana”. A día de hoy, sería también muy difícil que un historiador eclesiástico negara la veracidad de ese aserto del agustino. Y lo mismo sucede con otras tesis. Por ejemplo, la que afirma que “Bueno sería que la Iglesia determinara en un concilio que los laicos comulguen bajo las dos especies; los cristianos de Bohemia que así lo hacen no son por ello herejes sino cismáticos”. Se puede estar o no de acuerdo con la conveniencia de que los laicos, tal y como se describe en el Nuevo Testamento, participen del pan y del vino en la Eucaristía, pero parece un tanto excesivo considerar que plantear la cuestión sea herético. Algo semejante sucede con la que afirma que “La mejor definición de la contrición es la máxima: La mejor penitencia es no reincidir, pero lo indispensable es cambiar de vida”. Una vez más, se puede coincidir o no con la afirmación, pero, de nuevo, parece un tanto excesivo condenar como herejía la afirmación de que la mejor penitencia sería no reincidir en el pecado.
De manera bien significativa, según el dominico D. Olivier, “la parte más lograda de la Bula fue la relativa a las condenas”. Los canonistas hicieron un acopio exhaustivo de todas las penas canónicas desde la excomunión para los que aceptaran las ideas de Lutero a la destrucción de los libros que las contenían pasando por la prohibición de imprimirlos, conservarlos o comerciarlos. Lutero y sus seguidores tenían sesenta días para retractarse bajo pena de ser declarados herejes notorios y reincidentes. Por lo que se refería a los católicos, era obligación suya denunciarlos y perseguirlos, quedando entredicho cualquier lugar en el que pudieran residir. La bula debía ser publicada y puesta en ejecución sin distinción de lugar quedando sujeto a excomunión cualquiera que contraviniera su contenido.
Al fin y a la postre, en el texto de la bula se deja traslucir no tanto un análisis sólido del caso desde una perspectiva bíblica, histórica y pastoral como el deseo de sofocar, finalmente, una contestación que se había tolerado durante meses no por paciencia sino meramente por razones políticas y, más concretamente, por el deseo del pontífice de conseguir el apoyo del Elector Federico para impedir que Carlos I de España fuera elegido emperador de Alemania.
Por añadidura, como ha señalado el dominico D. Olivier, “La falla residía en que se excluía por principio toda discusión de la doctrina que se condenaba. Las frases de Lutero procedían de un contexto que había sido ignorado y que constituía el nudo del problema, el único que merecía ser tratado. Los ejecutores de la condena parecen no haberlo desconocido, pero les faltó la fuerza de concertar el diálogo que hubiera podido transformar el enfrentamiento estéril de convicciones irreductibles en el intercambio útil de los dos frentes… Una vez más se esquivó la reivindicación que Lutero pedía para que se pronunciaran sobre el Evangelio y no sobre expresiones recogidas al azar”.
Cuando se tienen en cuenta esos aspectos no sorprende que la bula no lograra poner fin al Caso Lutero.
CONTINUARÁ: El reformador rechaza la excomunión

Autores: César Vidal Manzanares

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